Había una vez una musa que buscaba poeta... o pintor o lo que fuese. Desplegaba las alas como quien quiere volar pero no se atreve, porque todavía no sabe como se siente el viento atravesándola y unos pocos le han dicho que el vuelo no vale la caída.
Había una vez una musa que buscaba pintor y se encontró en el lienzo del peor de todos. La recortaba pedazo por pedazo hasta desfigurarle la belleza. Le oscurecía el espíritu y le desdibujaba la sonrisa.
Había una vez una musa que buscaba poeta y sin darse cuenta se encontró en las lagrimas del peor de todos. Reprobaba los exámenes de conciencia y era presa de banales sentimientos. La absorbía tanto en las letras que le robaba la esencia.
Había una vez una musa que buscaba compositor y se encontró en las notas del peor de todos. Le silenciaba la música detrás de su sonrisa y le agobiaba el vaivén de sus caderas. No sabía de melodías des-estructuradas, de esas insignificantes que tenia ella debajo de la piel.
Había una vez una musa, sin poeta, ni pintor, ni compositor, sin alas, ni ganas de levantar vuelo que se topo un buen día con un mendigo de ilusiones. No hacía poesía, ni arte, ni música, ni mucho menos; él la hacía a ella con sus propias manos y eso mas su simple existencia bastaba para sentirse inspiración de cualquier ladrón de sueños.
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